Volver a publicaciones

16 de julio de 2026 · Juan Diego Cárdenas Sepúlveda

Carisma y voluntad sin forma ni guía:una combinación peligrosa en los colegios — y una propuesta para resolverla

A los personeros, contralores y consejeros escolares no les falta motivación: les sobra. Les falta guía para ejercer el cargo y formalidad para que sus acuerdos no queden en el aire.

Gobierno escolarPersonería y contraloría estudiantilAutoevaluarnos
Un velero solitario navega mar adentro en Nantucket Sound, Cape Cod: el mismo viento que sin vela ni timón es deriva, con forma y guía llega a puerto — la voluntad necesita estructura. Foto: EgorovaSvetlana, CC BY-SA 4.0, Wikimedia Commons.

En «Más allá del voto» sostuvimos que la democracia escolar colombiana no tropieza por falta de infraestructura, sino por la manera en que ejerce la que ya tiene: el país cuenta con ley, con un docente a cargo y con un espacio curricular dedicado a la formación democrática, y aun así la participación estudiantil se queda, una y otra vez, en el peldaño de consulta de la escalera de participación ciudadana. «El ciclo DEM» describió después el dispositivo con el que el Modelo DEM construye, desde cero, su propio andamiaje de comités y su formato de debate. Este artículo mira hacia otro lado del mismo problema: no hacia el aparato que el modelo construye, sino hacia los órganos que ya existen en toda institución educativa —el consejo estudiantil, la personería, el contralor estudiantil, el consejo directivo, los comités de convivencia y de evaluación— y hacia un peligro concreto que el trabajo de campo hizo visible en ellos: el de la mejor materia prima humana, desperdiciada por ausencia de forma.

El peligro: carisma y voluntad sin guía ni formalidad

El hallazgo de la primera etapa de esta investigación (Cárdenas Sepúlveda, 2025a) no fue que a los electos del gobierno escolar les faltara motivación. Fue casi lo contrario, y por eso resultó más incómodo: las entrevistas de seguimiento a personeros y contralores ya en ejercicio —no a candidatos, sino a quienes ya ocupaban el cargo— mostraron un interés genuino, sostenido, por representar bien a sus compañeros. Ese interés convivía con un desconocimiento profundo de sus propias funciones, del alcance real de su cargo y del rol institucional que estaban llamados a cumplir.

Conviene decirlo sin rodeos, porque es el matiz que sostiene todo el argumento: el carisma y la voluntad genuina de estos jóvenes no son el problema, y tampoco son incompatibles con la estructura —al contrario, la necesitan para no perderse. El peligro no es que sobre entusiasmo; es que ese entusiasmo no encuentre guía para ejercerse ni formalidad para sostenerse en el tiempo.

Y esto ocurría en instituciones que sí contaban con un docente del área de ciencias sociales a cargo del espacio curricular llamado, con cierta ironía, «Proyecto Democracia»: la infraestructura formal para la guía existía en el papel y, aun así, reproducía las mismas fallas de seguimiento y formación que el diagnóstico documentó. Nadie está, en principio, en contra de la democracia escolar —la respuesta por defecto suele ser «sí, qué bueno»—, pero fortalecerla de verdad exige hablar de lo que puede incomodar a quienes hoy concentran las decisiones: la desconcentración del poder, los peldaños concretos que separan escuchar de decidir. No es una acusación cerrada contra nadie en particular; es la pregunta que el propio nombre del espacio curricular deja planteada: ¿por qué un espacio diseñado para la democracia termina reproduciendo las mismas fallas de guía y seguimiento que el resto del gobierno escolar?

Ese es el peligro que este artículo quiere nombrar: no la apatía —el diagnóstico muestra justamente lo contrario—, sino el carisma sin guía y la voluntad sin formalidad. Carisma sin guía, porque nadie enseña al electo a habitar el cargo: qué puede decidir, cómo se convoca una sesión, qué significa representar formalmente a un curso o a un colegio. Voluntad sin formalidad, porque aunque esa voluntad exista, no encuentra un procedimiento donde depositarse: ni un registro de lo decidido, ni un compromiso con nombre y fecha, ni un mecanismo de seguimiento que le dé continuidad a lo que se prometió en una reunión.

El carisma sin guía

Un personero, un contralor o un consejero que no sabe qué puede decidir su cargo no lo va a descubrir en la papeleta electoral, ni en el discurso de campaña que lo llevó a ganar. Lo tendría que descubrir, si acaso, en el ejercicio mismo del cargo: conduciendo una sesión, fijando un orden del día, sometiendo una moción a votación, dejando constancia de un acuerdo. Pero si nadie lo guía en ese ejercicio —ni el docente sobrecargado, ni un procedimiento institucional escrito— el carisma que lo hizo ganar la elección no tiene dónde convertirse en gestión. Se agota en el entusiasmo inicial y, con el tiempo, se enfría en frustración o en informalidad: decisiones que se toman sin método, compromisos que se anuncian sin que nadie los recuerde, un cargo que termina ejerciéndose por inercia o no ejerciéndose en absoluto.

La voluntad sin formalidad

El primer año de implementación (2025) dejó una escena que se repitió, con variaciones, en más de un órgano: las secretarías del Comité Organizador se reunían con puntualidad y con ganas reales de avanzar, pero sin actas ni resoluciones formales que dejaran constancia de lo tratado. Con las semanas, reconstruir qué se había acordado —y quién debía responder por qué— se volvió prácticamente imposible; el seguimiento se perdía en la memoria dispersa de quienes habían estado en la sala. No es un problema exclusivo de ese comité: es una instancia particular de un patrón que el trabajo de campo encontró, con distinta intensidad, en prácticamente todos los órganos del gobierno escolar. La voluntad de reunirse estaba; lo que faltaba era el procedimiento que hiciera que la reunión dejara huella.

El informe Democracia Escolar 2025 de la Misión de Observación Electoral (MOE, 2025) confirma el mismo patrón a escala de 116 instituciones: alta participación en el evento electoral, pero escaso acompañamiento docente y nula continuidad en el seguimiento a la gestión de los elegidos. Esa falta de continuidad tiene un origen concreto y material: el encuentro —la sesión del consejo, la reunión del comité— no deja huella. Si no produce un acta, no hay registro trazable de lo deliberado. Si no hay registro, los compromisos asumidos no quedan asignados a nadie con fecha. Si los compromisos no se asignan ni se notifican, nadie les da seguimiento. Y sin seguimiento sostenido se pierde, además, un efecto que esta investigación documentó como hallazgo propio: el efecto Hawthorne en la gestión estudiantil —quien se sabe observado mejora su desempeño por el solo hecho de saberse observado— (Cárdenas Sepúlveda, 2025a). La voluntad genuina de un electo, sin ese andamiaje mínimo, no se traduce en incidencia: se evapora reunión tras reunión. En términos de Arnstein (1969), un órgano que se reúne sin dejar huella no puede subir del peldaño de consulta, porque no produce nada que se pueda auditar, continuar ni exigir.

Ese es el costo real del peligro que nombramos: no se pierde solo una reunión. Se pierde, sesión tras sesión, la mejor materia prima que tiene la democracia escolar —jóvenes dispuestos a representar a sus compañeros— por la ausencia de dos cosas que ninguna elección puede producir por sí sola: guía para ejercer el cargo, y formalidad para sostener lo que en él se decide.

Que el encuentro no se quede en el aire

A ese vacío responde una propuesta concreta que se implementará este 2026: un procedimiento —hoy con el nombre provisional de Autoevaluarnos, nacido de la voluntad de los propios grupos de evaluar su gestión— pensado específicamente para los órganos del gobierno escolar y sus comités. No pretende formar al personero con un curso ni suplir al docente ausente. Busca algo más modesto y más operativo: que la voluntad genuina que ya existe en el electo no se desperdicie por falta de estructura. Su propósito no es acumular funcionalidades; es sencillo de nombrar y difícil de lograr: que el encuentro deje huella, que la voluntad se convierta en incidencia real y que la formalidad del procedimiento produzca, con el tiempo, legitimidad y memoria institucional.

Ese propósito se sostiene con artefactos concretos —un roster con quórum verificado, un acta redactada con asistencia de inteligencia artificial, compromisos que se notifican y se arrastran de una sesión a la siguiente—, pero esas capacidades son evidencia de que el propósito es realizable, no el argumento del artículo. Lo que importa no es que el sistema module quórums o genere documentos: importa que, sesión tras sesión, el comité deje de empezar de cero. Que el personero que no sabía cómo conducir una reunión tenga, la próxima vez, un procedimiento que seguir. Que el compromiso asumido en una sesión no dependa de que alguien lo recuerde, sino de que quede notificado y con nombre propio.

La propuesta puede consultarse en autoevaluarnos.com, aunque conviene ser precisos sobre su estado: no es todavía una herramienta en uso generalizado, sino una propuesta real, en desarrollo, que se implementará durante este 2026 en los órganos del gobierno escolar.

Una herramienta da la forma; el liderazgo da el contenido

Vale la pena marcar el límite de lo que un procedimiento puede hacer, porque ahí está la honestidad del argumento. Con Habermas (1998) podríamos decir que una propuesta como esta ayuda a producir actas válidas —formalmente correctas, con quórum, con procedimiento, con registro—, pero la legitimidad de lo que esas actas contienen no la fabrica ningún sistema: la produce quien delibera de verdad, quien consulta antes de decidir, quien asume un compromiso y responde por él. La forma es condición necesaria para que el carisma y la voluntad genuina se conviertan en participación efectiva; no es su sustancia.

Esa sustancia tiene un nombre, y es el asunto del próximo artículo de esta serie. Cuando el encuentro por fin deja huella —cuando hay guía para ejercer el cargo y formalidad para sostenerlo—, lo que queda por resolver es quién habita ese andamiaje: qué liderazgo lo sostiene, con qué ética se ejerce el cargo, cómo el carisma electoral inicial se convierte en liderazgo social duradero. De eso trata la Red DEM, y a ello dedicaremos la siguiente entrega.

Bibliografía

1. Cárdenas Sepúlveda, J. D. (2025a, 15 de mayo). Fortalecimiento de la ética democrática y la participación estudiantil a través de la formulación de estrategias didácticas innovadoras para optimizar la gestión de personeros y contralores en las instituciones educativas de Cúcuta [Ponencia de avance de investigación, Semillero de Investigación Antiviolencia (SEMANVI), Universidad de Santander]. XI Encuentro Departamental de Semilleros de Investigación (EDESI), Red Colombiana de Semilleros de Investigación (RedCOLSI), Nodo Norte de Santander, Villa del Rosario, Colombia.

2. Misión de Observación Electoral. (2025). Informe Democracia Escolar 2025. MOE. https://moe.org.co/en/informe-democracia-escolar-2025/

3. Arnstein, S. R. (1969). A ladder of citizen participation. Journal of the American Institute of Planners, 35(4), 216–224. https://doi.org/10.1080/01944366908977225

4. Habermas, J. (1998). Facticidad y validez: Sobre el derecho y el Estado democrático de derecho en términos de teoría del discurso (M. Jiménez Redondo, Trad.). Trotta. (Obra original publicada en 1992)