Volver al blog

22 de abril de 2026 · Juan Diego Cárdenas Sepúlveda

Habermas en el patio del colegio

Por qué la acción comunicativa de Habermas deja de ser filosofía abstracta cuando entra al aula, y qué significa que una norma escolar sea legítima.

fundamentohabermasdeliberacion
Habermas en el patio del colegio

En el colegio hay dos formas de que una norma exista: la imponen o la acuerdan. Parece una diferencia menor, pero no lo es. La primera produce obediencia (a veces) y resentimiento (casi siempre). La segunda produce algo que no tiene precio pedagógico: una comunidad que reconoce la regla como propia porque participó en su origen.

Jürgen Habermas dedicó buena parte de su obra a explicar esa diferencia. Llamó "acción comunicativa" a la interacción donde los participantes coordinan sus planes no por la fuerza ni por el cálculo, sino por el acuerdo alcanzado en el diálogo. Y llamó "ética del discurso" al criterio que permite decir que una norma es legítima: sólo lo es si puede ser aceptada por todos los afectados, en condiciones de igualdad y sin coerción.

Una norma es válida sólo si todos los posiblemente afectados pueden estar de acuerdo con ella como participantes de un discurso práctico racional.

El Modelo DEM toma esa idea y la aterriza. Porque una cosa es leer a Habermas en un seminario de filosofía política y otra muy distinta es preguntarse cómo se ve en el patio del colegio, en una reunión con estudiantes de décimo que tienen algo que decir sobre el vapeo, el bullying o el uso del celular.

Del discurso ideal al protocolo posible

Habermas habla de una "situación ideal de diálogo": todos los participantes tienen el mismo derecho a hablar, todos pueden cuestionar cualquier enunciado, ninguna coerción interna o externa impide que los mejores argumentos prevalezcan. En la práctica, esa situación no existe del todo en ninguna parte. Menos aún en una institución jerárquica como un colegio.

Pero el Modelo DEM no espera una situación ideal: diseña un procedimiento que se le acerca. Los foros estudiantiles abren el habla; las simulaciones institucionales obligan a argumentar públicamente; el magno evento convierte el acuerdo en norma con fuerza institucional. En cada paso, el protocolo busca reducir la asimetría: el estudiante no está frente al rector para pedirle un favor, está en un procedimiento donde su argumento tiene el mismo peso formal que cualquier otro.

Eso no elimina el poder. Elimina la opacidad del poder. El estudiante sabe que su palabra entra en un proceso reglado, y el adulto sabe que no puede descartarla sin dar razones.

¿Por qué funciona con adolescentes?

Porque la pregunta moral que Habermas pone en el centro — "¿qué podríamos aceptar todos los afectados como regla?" — es exactamente la pregunta que los adolescentes ya se hacen, aunque sin ese lenguaje. La sensación de injusticia que viven cuando una norma les cae encima sin explicación es, en términos habermasianos, el rechazo a una norma que no pasó por un discurso práctico.

Darles un procedimiento donde esa pregunta se formula en serio no los hace "más dóciles". Los hace más ciudadanos. Los acostumbra a la idea de que una regla se sostiene no porque alguien la imponga, sino porque todos los afectados pueden defender que sea así.

Lo que se gana cuando la teoría aterriza

Tres cosas, concretas y medibles. Primero: las normas que salen de un protocolo deliberativo se incumplen menos, porque quienes iban a incumplirlas participaron en escribirlas. Segundo: los estudiantes que atraviesan el proceso desarrollan una competencia argumentativa que ningún curso de ética enseña tan bien. Tercero, y quizás el más importante: la institución aprende a tratar a sus estudiantes como interlocutores, no como destinatarios.

Esa última transformación es la que interesa a Habermas y la que interesa al Modelo DEM. No formar obedientes mejor formados, sino ciudadanos que saben que la legitimidad nace del diálogo entre iguales — y que, si un día se sienten tratados como menores de edad, sabrán nombrar exactamente qué falta.