Volver al blog

22 de abril de 2026 · Juan Diego Cárdenas Sepúlveda

Corresponsabilidad procedimental: valor enunciado vs procedimiento estructural

La corresponsabilidad se ha vuelto una palabra cómoda en los manuales de convivencia. El problema es que sin un procedimiento que la ponga en acto, se queda en adorno.

fundamentocorresponsabilidadconvivencia
Corresponsabilidad procedimental: valor enunciado vs procedimiento estructural

Abra cualquier manual de convivencia escolar en Colombia y encontrará la palabra. Corresponsabilidad. Aparece junto a otras palabras igualmente nobles: respeto, diálogo, comunidad educativa. Ocupa un párrafo de la misión institucional y un capítulo del pacto de convivencia. Y luego desaparece.

Desaparece porque ninguna institución la enseña como procedimiento. La enseña como valor: algo que uno debería "tener", "ejercer", "promover". Pero un valor sin procedimiento es un adorno. Lo que no tiene pasos concretos de activación no se practica; se invoca.

El diagnóstico

Piense en un caso cualquiera: una norma sobre el uso del celular que termina siendo ignorada. La respuesta institucional típica oscila entre dos polos. O se endurece la sanción (autoritarismo disfrazado de firmeza) o se apela a la buena voluntad ("estamos llamados a la corresponsabilidad"). Ninguna de las dos funciona, porque ninguna da cuenta de lo que la norma realmente necesita: haber nacido de un procedimiento donde los afectados por ella participaron.

La corresponsabilidad enunciada pregunta: "¿quién es responsable aquí?" y espera que alguien levante la mano. La corresponsabilidad procedimental hace algo distinto: diseña un procedimiento donde la responsabilidad se reparte estructuralmente, sin necesidad de pedirla.

De la buena voluntad al procedimiento

El Modelo DEM resuelve la corresponsabilidad como una cuestión de diseño, no de virtud. No pide a estudiantes y docentes que "sean corresponsables"; los pone en un protocolo donde la única manera de avanzar es serlo.

Los cinco pasos del protocolo —SAE, EVA, Debate, CPRs, Aprobación— no son una curiosidad metodológica: son la forma en que la corresponsabilidad se vuelve procedimiento. En cada paso, el peso de la decisión está repartido por diseño. Nadie puede decir "eso no me tocaba"; el paso anterior lo convocó, y el siguiente depende de lo que aportó.

La corresponsabilidad deja de ser un valor que se predica cuando es un procedimiento que se activa.

Dos órganos, dos funciones

El Modelo traduce ese principio también en su estructura organizacional. El Consejo de Garantes sostiene la legitimidad del proceso: vela por que el procedimiento se respete, por que todas las voces afectadas estén representadas, por que la norma resultante cumpla con los criterios del discurso práctico. El Comité Organizador opera el proceso: convoca, documenta, ejecuta, da cuerpo logístico a la deliberación.

La separación no es administrativa: es conceptual. Quien garantiza la legitimidad no puede ser quien gestiona la ejecución, porque confundir esos roles es el camino más corto para que el procedimiento pierda su fuerza normativa.

Por qué esto importa más allá del colegio

Porque la discusión sobre corresponsabilidad atraviesa a toda la sociedad colombiana. La usamos para hablar del medio ambiente, de la seguridad ciudadana, de la salud pública, de la educación. Y en todos los frentes caemos en la misma trampa: la enunciamos como valor y luego no la dotamos de procedimiento.

El Modelo DEM es, entre otras cosas, un pequeño laboratorio de lo contrario. Muestra que cuando se diseña un procedimiento —cinco pasos, dos órganos, un protocolo reproducible— la corresponsabilidad deja de ser una palabra incómoda y se convierte en una práctica verificable. Eso se puede enseñar, se puede auditar, se puede replicar.

El patio del colegio es apenas el primer lugar donde probarlo. Pero la lógica es la misma en cualquier escala: una sociedad corresponsable no es una sociedad con más valores; es una sociedad con mejores procedimientos.